
Nada importa
pues no existe futuro.
Nada importa
eso es seguro.
Toda la vida
tratas de probar
lo que eres capaz.
A nadie le importa,
es la verdad.
Mentiras, engaños,
traición y egoismo.
En este mundo sin futuro
nada importa
eso es seguro.

Papá; fui testigo silente cuando maldijiste a la vida, el destino y escupiste en el rostro de tu espejo. Te oí llorar enfurecido en la solitaria oscuridad entre humo y alcohol. Te oí gritar tu odio a Dios y a tí mismo. Estaba ahí, cuando juraste nunca más escuchar esta canción, que fue himno en tu vida y tantas veces la cantaste para hacernos dormir a mi hermano y a mí.

Una fila de niños vestidos con harapos, ninguno mayor de diez años de edad, se dirigía a la penumbra de lo desconocido. Caminaban sin ánimos, extenuados después de nueve horas de marcha. Fueron llevados hasta ese lugar en grandes camiones negros conducidos por militares de uniformes oscuros, fuertemente armados. Arrancados de los sucios y demolidos callejones de las grandes ciudades, o bajo los puentes donde vivían refugiados de la macabra realidad de la guerra, ahora eran prisioneros culpables del crimen de ser huérfanos. En la fila se contaban más de trescientos. Todos de sexo masculino. El frío calaba sus pequeños huesos. La nieve y el barro hacían de sus pasos lentos y pesados. Los que caían eran levantados a golpes por los escoltas y los que no podían continuar, no importaba cuanto llorasen, ni alzaren sus manos a los adultos suplicando piedad y auxilio; sencillamente eran entregados a su propia suerte en medio de la nada. Suerte que significaba morir devorado por los lobos, que seguían atentamente la infortunada marcha, en espera de alguna presa que se rezagase; o morir congelado ante la inclemencia de las condiciones climáticas. La munición no se malgastaba en ejecutar a los más desvalidos, ya que estaba reservada sólo para el enemigo.
- ¡Dímelo! – le grité sin la verdadera intención de hacerlo. – Necesito saber – dije ya con la garganta apretada conteniendo las lágrimas. Se mantuvo en silencio por varios segundos. Ausente. Sin tomar aire, comenzó a hablar.
- Traté de ver su rostro al pronunciar esas palabras, pero la oscuridad había velado sus facciones.
- Estás en shock - dijo finalmente con voz neutra luego de observarme por un rato. No había emoción alguna en su tono de voz, como si estuviera recitando un artículo de memoria para un examen oral en una sala sin audiencia. – Trata de calmarte o te vas a desmayar. –