23 abr. 2010

La Bestia

- Me das asco - dijo con voz áspera, mostrando sus dientes como si fuera un animal salvaje cegado por su instinto, el instinto de matar. En sus ojos vidriosos no se veía nada sino el negro vacío de la oscuridad, que lo dominaba como a un títere sin voluntad. Sangraba profusamente de la herida en su cabeza, tanto que su cara estaba empapada con sangre. Parecía no importarle. El individuo-presa hizo un último esfuerzo por tratar de librarse de las garras de su captor, moviendo su cuerpo con ímpetu y agitando sus piernas. Pero fue en vano. Sólo consiguió emitir un gruñido incomprensible antes de que la vida se le escapara entre los dedos de su cazador, quien le presionaba el cuello con sus manos como dos tenazas de hierro de fuerza descomunal. Lo mantuvo contra el piso algunos momentos, observándolo morir lentamente. En ese instante, me percaté de que el vacío de sus ojos brillaba y tuve la sensación de que lo estaba disfrutando.

Soltó el cuello de su víctima y la cabeza igual que la de un muñeco de madera golpeó el piso emitiendo un sonido hueco. La mirada sin vida del individuo estaba fija en la eternidad de la nada y en su rostro se estampó una mueca de horror y risa. Una imagen que nunca podré olvidar y que aún en pesadillas, me persigue.

12 abr. 2010

INVIERNO

Una fila de niños vestidos con harapos, ninguno mayor de diez años de edad, se dirigía a la penumbra de lo desconocido. Caminaban sin ánimos, extenuados después de nueve horas de marcha. Fueron llevados hasta ese lugar en grandes camiones negros conducidos por militares de uniformes oscuros, fuertemente armados. Arrancados de los sucios y demolidos callejones de las grandes ciudades, o bajo los puentes donde vivían refugiados de la macabra realidad de la guerra, ahora eran prisioneros culpables del crimen de ser huérfanos. En la fila se contaban más de trescientos. Todos de sexo masculino. El frío calaba sus pequeños huesos. La nieve y el barro hacían de sus pasos lentos y pesados. Los que caían eran levantados a golpes por los escoltas y los que no podían continuar, no importaba cuanto llorasen, ni alzaren sus manos a los adultos suplicando piedad y auxilio; sencillamente eran entregados a su propia suerte en medio de la nada. Suerte que significaba morir devorado por los lobos, que seguían atentamente la infortunada marcha, en espera de alguna presa que se rezagase; o morir congelado ante la inclemencia de las condiciones climáticas. La munición no se malgastaba en ejecutar a los más desvalidos, ya que estaba reservada sólo para el enemigo.

Seguían pasando las horas y la caminata se prolongaba por lo que parecía ser una eternidad. Por las cabecitas de los pequeños no se cruzaba ningún otro pensamiento que no estuviera relacionado con un plato de comida caliente. Los recuerdos de camas tibias y días felices parecían tan distantes como los rozados días de la primavera. Primavera que los había abandonado cruelmente en el albor de sus vidas, dejando que las nubes negras del invierno taparan por completo el sol de la niñez. Caminaban en lo profundo de la noche por el sendero que atravesaba el bosque de colosales pinos… Tan altos y frondosos que no dejaban ver el cielo.